Hay trabajos que acaban resultando difíciles de separar de la propia vida. Olvido Herrero lo reconoce al echar la vista atrás sobre una trayectoria marcada por el asociacionismo, el voluntariado y la dinamización juvenil. «Hubo muchos años de mi vida que estaba todo solapado», resume durante su paso por Calla Oh, donde recuerda desde sus primeras experiencias en un teleclub hasta las más de tres décadas vinculada a Juvelena.
Nacida en Rioturbio, Mieres, Olvido recuerda una infancia feliz en la barriada minera, en un entorno en el que, explica, existían pocas diferencias económicas entre las familias. Estudió posteriormente en el instituto de Mieres y cursó Magisterio en Oviedo, aunque reconoce que aquella elección estuvo condicionada más por las circunstancias familiares y económicas que por una vocación inicial.
Su trayectoria profesional acabaría discurriendo por un camino diferente. Apenas ejerció como maestra y encontró su lugar en el mundo social y asociativo, un terreno que había comenzado a explorar mucho antes.
Un teleclub y quince adolescentes
Olvido sitúa el origen de todo cuando tenía alrededor de 15 años. Un grupo de adolescentes, acompañado por un único adulto, puso en marcha el teleclub de Rioturbio. Aquel espacio abrió para ella un mundo de posibilidades: ajedrez, teatro, música y actividades organizadas por los propios jóvenes.
Aunque estudiaba en Mieres, en cuanto podía regresaba al pueblo para participar en aquella actividad. Después llegaron los campamentos, la parroquia, el teatro de marionetas, los murales, la comisión de festejos y nuevas experiencias asociativas. Más adelante realizó un curso de coordinadora de tiempo libre y continuó ligada a los campamentos y la dinamización.
Aquellos años terminaron definiendo una forma de entender su trabajo: las ideas podían convertirse en proyectos cuando existía un grupo de personas dispuesto a implicarse. Y esa experiencia fue precisamente la que se llevó consigo cuando apareció una plaza temporal en Lena.
1989: la llegada a Juvelena
Olvido llegó a La Pola en 1989. Entró en Juvelena a finales de enero o principios de febrero y uno de sus primeros retos fue organizar el Carnaval. Recuerda entre risas aquel estreno, con un camión que había que decorar prácticamente el mismo día y cuyos adornos fueron cayéndose durante el recorrido.
Juvelena ya existía y por allí había pasado anteriormente otro dinamizador. Cuando ella llegó encontró un grupo de jóvenes que funcionaba con bastante autonomía y comenzó un proceso de adaptación mutua.
Su primera tarea fue conocerlos, entrar en su ambiente y averiguar qué necesitaban. A partir de ahí comenzaron a desarrollarse actividades en función de sus propias inquietudes. Una película, un grupo interesado en una materia concreta o una nueva propuesta podían convertirse en el germen de algo mucho mayor.
La filosofía era sencilla: favorecer que fueran los propios jóvenes quienes propusieran, se organizaran y acabaran generando sus propios proyectos.
El «boom» del asociacionismo juvenil en Lena
De aquel modelo surgieron numerosas asociaciones juveniles. Olvido recuerda entidades vinculadas al ecologismo, los estudiantes, los pueblos, la radio y otros ámbitos, en una etapa que define como un auténtico «boom del asociacionismo».
Juvelena aportaba apoyo organizativo y logístico mientras las asociaciones obtenían sus propias subvenciones y desarrollaban proyectos. Pero existían dos principios que Olvido trataba de mantener: colaborar entre todos y entender que los espacios públicos eran compartidos.
Así surgían actividades conjuntas como maratones de radio, jornadas de televisión o propuestas para diferentes edades. Incluso iniciativas que posteriormente se consolidaron en Lena tuvieron su origen en aquellos colectivos y en el trabajo voluntario. Olvido cita, entre otros ejemplos, el mercado tradicional y los campamentos urbanos o ludotecas.
El dinero, sostiene, era necesario, pero no siempre constituía el elemento determinante. «El capital humano es lo más importante», afirma al recordar cómo muchas ideas salieron adelante gracias a personas dispuestas a dedicar gratuitamente su tiempo.
Cuando el trabajo era también la vida
Preguntada por los años dorados de Juvelena, Olvido tiene dificultades para escoger una etapa concreta. Fueron muchos.
Había encontrado un trabajo que coincidía con aquello que ya hacía por vocación. Las jornadas podían prolongarse hasta las dos o las tres de la madrugada preparando proyectos o justificando subvenciones, pero trabajo, ocio y vida social prácticamente se mezclaban.
Y Juvelena también se convirtió para ella en una escuela. Con los colectivos ecologistas aprendió sobre medio ambiente; con la radio descubrió un nuevo ámbito; con la televisión, otro. «Tú eras una alumna más», explica. Trabajar con voluntarios añadía además una responsabilidad: si ellos estaban dedicando gratuitamente su tiempo a una iniciativa, quien coordinaba el proyecto difícilmente podía marcharse a casa mientras los demás continuaban trabajando.
De una juventud que tenía que salir de casa a otra conectada desde el sofá
Más de tres décadas después, el escenario ha cambiado profundamente. Olvido evita plantearlo simplemente como que una generación sea mejor o peor que otra y pone el foco en cómo han cambiado las formas de relacionarse.
Antes, recuerda, para socializar había que salir físicamente de casa. Ahora un joven puede mantener amistades, hablar por videollamada o compartir una partida de videojuegos sin abandonar el sofá.
Eso también transforma la convivencia. En los espacios asociativos era necesario relacionarse con personas diferentes y negociar con otros colectivos. En internet, señala Olvido, resulta mucho más sencillo escoger con quién relacionarse o bloquear a quien no interesa.
Reconoce que pertenece a una generación más analógica y que continúa valorando especialmente el contacto presencial, aunque también destaca las posibilidades que ofrece la tecnología para llegar a mucha más gente.
El problema es la velocidad del cambio. Lo explica con humor comparándose con «el tren chucu» intentando agarrarse al último vagón mientras el AVE avanza por delante.
Radio Lena, una de las grandes aventuras
Entre todos aquellos proyectos ocupa un lugar especial la radio. Olvido recuerda su contacto con Radio Ujo y cómo jóvenes de Lena se desplazaban hasta allí para conocer su funcionamiento mientras la emisora local todavía no estaba preparada. Posteriormente contactó con personas que impartían cursos de radio y organizó formación en La Pola. A partir de ahí, recuerda, aquello se convirtió en otro «boom».
La emisora continúa teniendo contenidos, aunque muy lejos de aquella actividad. Entre las iniciativas actuales menciona podcasts realizados con niños y niñas, entre ellos trabajos relacionados con mujeres relevantes o cercanas a sus propias vidas.
Olvido cree que reactivar una programación local sería posible, pero advierte de que mantener una radio con contenidos periódicos requiere tiempo, coordinación, formación y personal. Las herramientas actuales facilitan técnicamente producir un programa, pero no eliminan el trabajo necesario para sostenerlo en el tiempo.
El voluntariado que fue desapareciendo
Uno de los grandes cambios que identifica en la evolución de Juvelena fue precisamente la pérdida de aquella extensa red de voluntariado.
La llegada de planes de empleo y otros programas hizo coincidir durante un tiempo a voluntarios con personas contratadas mediante diferentes fórmulas para realizar funciones similares. Olvido considera que aquella situación terminó debilitando el modelo voluntario.
Cuando posteriormente disminuyeron también esos programas, recuperar de nuevo la estructura anterior ya no resultaba sencillo. Actualmente, explica, determinadas actividades requieren recurrir a empresas, licitaciones, convenios con asociaciones u otras fórmulas administrativas.
Juvelena funciona hoy principalmente como oficina de información juvenil, integrada en el hotel de asociaciones, además de desarrollar determinadas actividades.
Experiencia y juventud para construir el relevo
Cuando se le pregunta qué necesitaría Juvelena para mejorar, Olvido apunta hacia una combinación generacional.
Después de tantos años posee una experiencia que permite anticipar obstáculos, conocer los procedimientos y evitar errores ya cometidos. Pero considera que una persona más joven podría aportar nuevas ideas, dominio de las herramientas actuales y una conexión más directa con las nuevas generaciones.
Para ella, ambas cosas serían complementarias: experiencia y renovación. mTambién insiste en algo que considera fundamental para el futuro: los jóvenes tienen que expresar qué quieren.
«Si los jóvenes no piden o no exigen o no dicen nada y no tienen voz, nadie va a escuchar. Nadie es adivino», resume. JuveLena puede tratar de imaginar qué actividades pueden funcionar, pero considera mucho más útil que sean los propios usuarios quienes planteen sus intereses. Texto pegado
Es, en realidad, regresar a la filosofía que marcó buena parte de su trayectoria: escuchar una propuesta, estudiar si puede hacerse y ayudar a convertirla en realidad.
Nel Amaro y el descubrimiento de otro mundo
La conversación reserva sus últimos minutos para recordar a Nel Amaro, con quien Olvido coincidió profesionalmente en La Pola.
Lo conocía anteriormente por sus vínculos con la zona de Rioturbio, pero trabajar juntos le permitió descubrir otra faceta. «Me descubrió un mundo, que fue el mundo de la performance», recuerda.
También destaca la relación de Nel con los jóvenes, a quienes daba espacio en el periódico y apoyaba en sus inquietudes artísticas. Entre los recuerdos conserva incluso una obra de poesía visual que él le regaló después de una larga noche preparando justificaciones de subvenciones: una imagen de una manada acompañada por la frase «Todos tras la subvención».
La Flor, sin ninguna duda
Y ante una de las preguntas tradicionales de Calla Oh —La Flor, Les Feries o El Cordero— Olvido tampoco necesita demasiado tiempo para responder. «La Flor», contesta sin dudar. Una fiesta que recuerda vivir entre El Tribunal, el prao y La Caleya, utilizando prácticamente la casa únicamente para dormir.
Para ocupar próximamente el sofá de Calla Oh propone varios nombres ligados también a la dinamización y la participación en Lena, entre ellos Isabel, del Centro Cultural de Campomanes; Isabel Lobo; y Constantino, trabajador de la residencia.
El episodio 32 de Calla Oh permite así recorrer más de tres décadas de cambios en la juventud, el asociacionismo y la participación social en Lena a través de alguien que los vivió desde dentro. Pero también recupera una forma de hacer las cosas que atraviesa toda la conversación: escuchar una idea, reunir personas, aprender sobre la marcha y tratar de convertirla en un proyecto colectivo.
Porque para Olvido muchos de aquellos proyectos nunca fueron únicamente un trabajo. Fueron también una manera de vivir, aprender y construir comunidad.




